La corrida del Puerto de San Lorenzo no cumplió con las expectativas y dejó un sabor amargo. Los toreros, a pesar de su disposición, no pudieron superar las deficiencias de un encierro apagado y descastado. Solo los detalles de Ortega y los intentos de Rufo mantuvieron viva la esperanza de un milagro que, esta vez, no se materializó.
En una tarde de "no hay billetes" con 22.964 espectadores, el calor y el sol bañaron la plaza de toros de Las Ventas. La esperada corrida de Puerto de San Lorenzo se presentó deslucida y descastada, salvo por el primer toro que ofreció cierta calidad. La expectación y la esperanza de ver triunfar a los toreros se diluyeron en un mar de indiferencia y desilusión.
Talavante, vestido de sangre de toro y oro, abrió la tarde con una faena correcta al noble primer toro, logrando cortar una oreja que no despertó grandes emociones. Su segundo toro, deslucido y sin codicia, no permitió lucirse al extremeño, que se encontró con un animal que nunca entregó. A pesar de su esfuerzo, Talavante no pudo remontar la tarde y se despidió entre silencios.
Juan Ortega, con traje de luces guinda y oro, protagonizó los momentos más dramáticos de la corrida. Su primer toro no le permitió brillar y se quedó en silencio tras una estocada desprendida. Sin embargo, fue con el cuarto toro donde Ortega casi obró el milagro. Cubanoso, que comenzó noble, se rajó pronto, pero antes protagonizó un escalofriante encuentro con el torero trianero, que salió ileso por pura suerte. Ortega volvió a la cara del toro con una valentía inquebrantable, consiguiendo arrancar ovaciones del público, aunque no logró culminar una faena redonda. Su entrega fue recompensada con una ovación con saludos.
Tomás Rufo, vestido de lila y oro, mostró disposición y entrega. Con su primer toro, que resultó ser un marmolillo, no pudo hacer mucho y se retiró en silencio. Fue con el sexto toro donde Rufo mostró su casta, iniciando la faena con las dos rodillas en tierra. Sin embargo, el toro se rajó, y a pesar de los intentos del joven torero de mantenerlo en la faena, Cubatisto buscó las tablas sin remedio. La plaza se cubrió de pañuelos pidiendo una oreja que, afortunadamente, el presidente no concedió, manteniendo la sensatez.
Comentarios